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Anatole France, un hombre comprometido con su tiempo

Cerca de cumplirse los cien años de la muerte de Anatole France, la inmensa obra que desarrolló en relación con las causas y las personalidades más destacadas de su tiempo hoy, si es que se puede hallar, no hace más que juntar polvo.

Lo más notable que se puede decir de Anatole France hoy en día es que ha sido injustamente olvidado por la historia. Esta afirmación impresiona, ya que para inicios del siglo XX, era ineludible, uno de los nombres más grandes y reconocidos del mundo de las letras francesas, pero 100 años mas tarde, su tumba estaba abandonada y no fue sino por los esfuerzos de un historiador que se logró salvarla. Para agregar más escándalo a los niveles de desconocimiento de su persona, se podría agregar que en los exámenes del bachillerato de 2016 en Francia, frente a una pregunta sobre uno de sus escritos, los alumnos se quedaron estupefactos y no supieron decir ni siquiera si era un hombre o una mujer.

A pesar de las inquietudes que pueda generar el olvido de una figura como France, al estudiar su trabajo queda claro que, en algún nivel, su nombre no estaba hecho necesariamente para trascender. Esto es evidente en tanto que, más allá de su inmenso corpus literario, él fue un individuo que estaba sumamente atado a su tiempo y cuya fama vino dada por su intenso compromiso político a las causas de su tiempo.

No toda su vida estuvo dedicada a este aspecto, por supuesto. Al inicio de su carrera como escritor, France se transformó en un intelectual renombrado, habiéndose destacado medianamente en todo tipo de géneros como la lírica, la narrativa, el teatro y el ensayo. Su estilo – irónico, despojado y tan diferente al naturalismo que reinaba por esos años – le valió la admiración de la Academia Francesa, a la que ingresó en 1896.

Este idilio literario, sin embargo, se vio fuertemente alterado por el surgimiento del Caso Dreyfus. Esta situación, en la cual el capitán del Ejército Francés, Alfred Dreyfus, fue erróneamente acusado en 1894 de haber filtrado documentos secretos a los alemanes, generó una gran división en la sociedad francesa. Las elites conservadoras, bañadas de un fuerte antisemitismo, aplaudieron la condena y se negaron a revisarla cuando se supo que no Dreyfus no había sido el culpable. La intelectualidad, en general menos interesada en la grandeza del Estado que en la búsqueda de la verdad, no se quedó impasible frente a tamaña injusticia, y rápidamente se empezaron a reconfigurar los lineamientos que identificarían a los hombres públicos en “dreyfusards” y “anti-dreyfusards” por la siguiente década.

La cuestión adquirió nuevos y dramáticos ribetes cuando el 13 de enero de 1898 Émile Zola publicó en el periódico L’Aurore “J’Accuse”, una carta dirigida al presidente de la república que actuaba como un alegato a favor de Dreyfus. Hoy es ampliamente sabido que las consecuencias de este documento fueron explosivas, generando tanto violentas críticas como adhesiones de diferentes personalidades. En este momento de definiciones, a tan solo dos días de la publicación original de “J’Accuse”, el nombre de Anatole France apareció en una lista de intelectuales que se alineaban con lo expresado en el texto de Zola y pedían por la revisión del juicio. Esta adhesión no era absolutamente obvia, si bien algunos años antes France se había negado a expresarse públicamente en contra de Dreyfus, dado que la relación entre él y Zola no era la mejor. Más de una vez France se había expresado en contra de las novelas de corte naturista de Zola, y la distancia entre ellos era un hecho, pero en un momento tan crucial cuestiones como estas eran nimiedades. A lo largo de los siguientes años, la relación entre ellos no hizo más que reforzarse, destacándose el impresionante discurso con el que France homenajeó a Zola en su funeral en 1904.

Más allá del lazo personal con Zola, desde el momento en el que France se definió como un “dreyfusard”, su nombre no dejó de oírse. Como otros tantos intelectuales de la misma línea, France comenzó a hacer un lento viraje hacia las ideas socialistas, extendiendo la preocupación sobre el destino de un individuo a la totalidad del colectivo social. En los últimos años del siglo XIX y a inicios del XX, France se expresó sobre temas tan variados como el genocidio armenio, el militarismo, el colonialismo, el tratado de Versalles y el juicio de Sacco y Vanzzetti, siempre a favor de los oprimidos. Una simple muestra del interés que él tenía en estos temas, es que le debemos a él la creación de la palabra “xenofobia”.

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Anatole France en el entierro de Zola.
Anatole France en el entierro de Zola.

A pesar de todo, su compromiso con las causas sociales no se tradujo en un compromiso político y jamás se unió a las filas de ningún movimiento. Esto, aunque liberador en muchos sentidos, lo hizo merecedor de varias críticas de aquellos que no veían en él más que un utopista. France, creyendo en el determinismo de la historia y en la liberación de los oprimidos, genuinamente consideraba que el colectivismo era la consecuencia lógica al desarrollo de una sociedad capitalista. Incluso, inspirado por sus lecturas de los utopistas de fines del siglo XIX, llegó a imaginar y describir en detalle un mundo ideal donde reinaba el socialismo, pero nunca fue capaz de decir como pensaba que iba a producirse la transformación que permitiría la existencia de ese mundo.

Esta cuestión no es menor, ya que France, fanático estudioso de la Revolución Francesa, miraba con especial cautela un proceso de cambio tan importante como podía llegar a serlo una revolución socialista. Por esta gran duda, es decir, la incapacidad de la elección del mejor curso para llegar a la meta del colectivismo, la mirada de France osciló entre una visión sumamente positiva, como la expresada en Sur la pierre blanche (1904) y una más crítica, visible en La isla de los pingüinos (1908). El idealismo, para este autor, era un valor extremadamente positivo, pero France consideraba también que si aquél no tenía limites, podía terminar en caos. Esta idea es la que rige su trabajo más conocido Los dioses tienen sed (1912), una novela que France situó en los años del Terror de la Revolución Francesa para mostrar (o advertir) de que forma los idealistas pueden transformarse en verdugos.

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Su consagración absoluta se produjo en 1921, cuando el total de su obra lo hizo merecedor del Premio Nobel de Literatura. De más está decir, sin embargo, que no llegó hasta donde lo hizo sin enemigos. Por sus visiones negativas, a pesar de su afinidad con las ideas socialistas, la izquierda política renegó de él y, aunque no faltaron las palabras elogiosas, también es notable, por ejemplo, su exclusión de los periódicos comunistas luego de 1922. Desde un costado completamente diferente, llama la atención que al repudio de los comunistas se sumara el de la Santa Sede, desde donde la obra de France recibió la condenación papal en 1922.

Haya sido amado u odiado, de cualquier manera eso ya no importa, dado que los días en los que alguien se preocupaba por Anatole France quedaron en el pasado. Él murió el 12 de octubre de 1924 y más de 200 personas fueron a su funeral. Con el pasar de los años, más allá de la admiración que produjo en la generación que lo conoció, la posteridad decidió ignorarlo y no prestarle más atención que como un escritor de segunda línea, sin inquietudes, clásico y superficial, alguien que pocos saben decir, siquiera, si fue un hombre o una mujer.

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