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AMISTAD - Gato y Mancha: de Buenos Aires a Nueva York

El más noble, el más gallardo, el más fiel, el más hermoso, es el caballo. Es aquel al cual más le debemos los argentinos. Esta es la historia de la amistad entre un hombre y dos caballos. Una amistad que se forjó en una travesía a lo largo de todo el continente americano.

Una tarde de abril de 1925, el profesor Aimé Félix Tschiffely salió de la Sociedad Rural Argentina acompañado de dos caballos. Uno de ellos de pelaje overo rosado era llamado “Mancha” por su dueño. El otro, un gateado que llevaba por nombre “Gato”. Los tres iban a comenzar una travesía que los llevaría por desiertos de ardientes arenas, cumbres nevadas en la Cordillera de Los Andes y selvas tropicales infestadas de mosquitos y alimañas. Marcharían por senderos sinuosos entre arbustos tropicales, árboles gigantescos, enredaderas, flores exóticas y animales peligrosos.

El hombre y sus dos caballos recorrerían 21.500 kilómetros, partiendo desde Buenos Aires, para finalizar su aventura en Nueva York. Regresarían los animales a la Argentina recién el 20 de diciembre de 1928.

Los caballos más resistentes del mundo

El señor Aimé Félix Tschiffely era un ciudadano suizo de carácter manso y afable que, conociendo las bondades y nobleza de nuestros caballos criollos se propuso demostrar que esos animales eran, dentro de los de su especie, los más resistentes del mundo.

El hombre había nacido en Suiza en el año 1895 y se había desempeñado como profesor de idiomas y deportes en el Colegio San Jorge en Quilmes. Se había casado con una mujer argentina, y sentía una profunda admiración y curiosidad por los caballos criollos.

Sostenía Tschiffely que los criollos, descendientes de los que había traído don Pedro de Mendoza al Río de La Plata, eran capaces de llevar a cabo travesías duras y exigentes, aventajando a cualquiera de otra raza. Luego de la invasión y destrucción de Buenos Aires por los indios en su primera fundación, dichos animales habían vagado por la las pampas sin rumbo, acostumbrándose al terreno y sobreviviendo en un hábitat nuevo para ellos. Habían sido domados por los indios, y fueron quienes acompañaron a nuestros soldados en las guerras de independencia y en nuestras guerras civiles.

Dispuesto a probar su teoría, este caballero suizo se puso en contacto con el doctor Emilio Solanet, quien por aquel entonces era criador de caballos y uno de los cofundadores de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos de la República Argentina. Solanet era propietario de la estancia “El Cardal” en las inmediaciones de Ayacucho, en la provincia de Buenos Aires, y tenía dos caballos que había adquirido a un jefe indio, el cacique tehuelche Liempichún, en la provincia de Chubut. Se los obsequió a Tschiffely, quien inmediatamente se dispuso a familiarizarse con ellos.

Los tres amigos

En muy poco tiempo advertiría que los dos tenían caracteres muy particulares. Mancha era un animal de carácter. No permitía que nadie se le acercara además de su dueño, permanecía constantemente en estado de alerta y se comportaba como un perro guardián. A la vez, Gato se acomodaba filosóficamente a las circunstancias y ofreció mucha menos resistencia a la hora de familiarizarse con su nuevo amo. Sin embargo, ambos, cada uno a su manera se adaptaron perfectamente a Tschiffely y le obedecían plenamente.

Expresaría luego en su libro Tschiffely, al recordarlos con ternura, que si hubiese tenido que confiarle sus pesares a uno de ellos lo habría hecho con Gato, pero si hubiese deseado un buen compañero de farras habría elegido a Mancha.

Un inglés acriollado y convertido en buen gaucho, don Edmundo Griffin, le proporcionó la montura: un “cirigote” tipo de silla utilizada en Entre Ríos, liviana y apta para una travesía en la que era necesario economizar lo más posible el peso a cargar. Hubo de renunciar a llevar tienda de campaña y debió conformarse con un poncho impermeable y una buena mosquitera.

Veintinueve años contaba este suizo aventurero al momento de iniciar la marcha. Mancha contaba con dieciséis años y Gato quince. No eran precisamente potrillos, sino buenos caballos que venían familiarizados con la dura existencia en las soledades de la Patagonia, región donde habían crecido.

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La gran aventura

Por fin, una mañana fresca y lluviosa, el 25 de abril de 1925, montando a Gato, y llevando de carguero a Mancha, Aymé Tschiffely partió con sus dos compañeros de la Sociedad Rural Argentina, dispuesto a atravesar toda América con sus dos compañeros.

Luego de varias jornadas, los tres amigos llegarían a la ciudad de Rosario. El diario La Nación cubrió, dentro de las posibilidades de la época, la travesía, que por otra parte, no contó con apoyo económico absolutamente de nadie. La excursión fue sufragada pura y exclusivamente con el patrimonio particular de Tschiffely. Al salir de la ciudad santafesina enfiló hacia el noroeste del país atravesando las provincias de Tucumán y Santiago del Estero. Finalmente penetró en la provincia de Jujuy y se adentró en la Quebrada de Humahuaca. En los pueblos donde se detenía contaba con el apoyo de la gente que le proveía generalmente de alojamiento para él y sus caballos y forraje con qué alimentarlo.

“…buen hombre pero mal peleador”

En su libro, Aimé Tschiffely nos hace revelaciones asombrosas, por ejemplo, optó por no transportar agua, no obstante tener plena conciencia de que debía atravesar vastas zonas desérticas en Bolivia y Perú. Consideraba el jinete que en la ecuación resultante entre el esfuerzo del animal por transportar el líquido elemento y la satisfacción resultante de beberla, era más oneroso el esfuerzo. Por eso, cuidaba en su itinerario de ir pasando por poblados donde proporcionársela. Para saciar su propia sed llevaba una cantimplora con licor y otra con un brebaje de agua, limón y sal “de gusto tan desagradable que impedía que uno tomara frecuentemente”. El hombre, con buen criterio, consideraba que no hay carga más incómoda que el agua para transportar en el lomo de un animal.

De su travesía por Perú, nos deja numerosas anécdotas, como la vez que se alojó en un lugar donde había tal cantidad de ratas, que durante la noche, una de ellas le mordió una oreja. Incluso en una oportunidad, a falta de mejor cobijo, debió hacer noche en un cementerio, en donde en una placa se leía claramente: “Aquí yace el señor…buen hombre, pero mal peleador.”

Souvenires jíbaros y extraña dieta

Pasando por Ecuador, tomó contacto con los indios jíbaros, famosos reducidores de cabezas. Le obsequiaron una cabeza reducida de una mujer de notable hermosura, que luego, lamentablemente, perdería en algún lugar de su travesía. Esa pérdida fue muy lamentada por el suizo. Notaba nuestro hombre con bastante asombro que dichos aborígenes podían reducir un cráneo de un adulto “hasta el tamaño de un puño”.

Luego de atravesar Colombia, llegaron al Canal del Panamá y lo atravesaron en un barco de bandera holandesa. Después de cruzarlo, debieron detenerse los viajeros pues Mancha sufrió un corte en una pata trasera. Para curar al animal, Tschiffely se alojó en una dependencia militar. Luego de superado el inconveniente, y estrenando herraduras, alforjas, cinchas y estribos, continuaron su camino, atravesando selvas impenetrables en las cuales debió participar el hombre en una cacería de monos... ¡para alimentarse con su carne!

En Guatemala, Gato fue coceado por una mula, y ello, unido a una herida sufrida por el animal por un clavo mal puesto en la herradura, hizo considerar la posibilidad de sacrificarlo. El suizo se opuso terminantemente a tan triste posibilidad y lo envió por tren a la embajada argentina en Méjico. Debió el hombre adquirir dos caballos para cubrir la ausencia del compañero herido, esos caballos que lo acompañaron temporariamente junto a Mancha, fueron regalados por Tschiffely al llegar a la ciudad de Méjico.

Una vez en Méjico, el hombre contrajo malaria, pero al reponerse pudo reunirse nuevamente con Gato. Los tres amigos estaban juntos de nuevo y muy cerca de la meta.

El enemigo más peligroso

Así las cosas, continuaron los tres amigos la marcha hacia el Norte, ingresando en Estados Unidos por el puente de Laredo. Atravesaron las grandes llanuras de Texas y Oklahoma y los estados centrales del medio-oeste, hasta llegar a la ciudad de Saint Louis. Allí, lamentablemente, quedó Gato nuevamente al cuidado de un hombre acaudalado, pues se hacía extremadamente peligrosa la travesía con dos caballos por las ya, por aquel entonces, muy transitadas autopistas del norte de Estados Unidos.

Un día, por fin, pudo divisar en el horizonte nuestro hombre, la ciudad de Washington D.C., una vez allí, decidió continuar por Ferry hasta la ciudad de Nueva York. Es que el peligro era peor que en las selvas enmarañadas de Centro- América o en los ardientes desiertos de Perú y Bolivia. Dos veces habían sufrido los viajeros accidentes con automovilistas, afortunadamente, ninguno de ellos de gravedad.

A los pocos días de arribar a la gran ciudad, fue recibido por el Alcalde, Mr. Walker, quien le confirió una condecoración en un acto al cual asistió el embajador argentino.

Los caballos fueron exhibidos en una exposición internacional de caballos que se realizaba en el Madison Square Garden.

Habían atravesados selvas impenetrables, habían soportado temperaturas de 15º bajo cero y 52º grados a la sombra. Habían conocido las cumbres más elevadas del continente, y los desiertos más ardientes, y habían llegado sanos y salvos a destino.

¡Mozo jinetazo ahijuna!

Los animales y su amo luego de un merecido descanso y de recibir los homenajes que les correspondían por la proeza realizada, finalmente se embarcaron en un paquebote hacia Buenos Aires, arribando a dicha ciudad el 20 de diciembre de 1928. Hacía tres años y ocho meses que un hombre y dos caballos habían salido, y regresaban cubiertos de gloria.

El diario “Crítica” encabezaba, refiriéndose al suizo Tschiffely “¡Mozo jinetazo ahijuna!”

Le ofrecieron alojar a los caballos en el zoológico de la ciudad para que pudiesen ser admirados por el público, pero el hombre, con buen criterio juzgó que merecían mejor destino. Fueron trasladados hasta la estancia del doctor Solanet, donde retozaron tranquilamente hasta el final de sus días.

Aymé Tschiffely al poco tiempo se marchó a Europa. Luego de dieciocho años regresó al país y fue a visitar a sus amigos a la estancia.

Allí se reencontró con ellos.

Fue la última vez que los amigos se vieron.

Aymé Félix Tschiffely regresaría a Europa, participaría de la defensa de Londres en la Segunda Guerra Mundial, y escribiría algunos libros. Gato y Mancha morirían a avanzada edad disfrutando de su merecido descanso y pastando mansamente en la estancia “El Cardal”.

Finalmente, un día triste de 1954, fallecería en Londres el gaucho Aymé Félix Tschiffely, sus restos fueron transportados a Buenos Aires, al cementerio de la Recoleta. En 1.998 sus cenizas fueron trasladadas hacia “Los Cardales” y allí descansan.

Gato y Mancha fueron embalsamados y se encuentran en el Museo de Luján, luciendo la montura y los arreos de carga utilizados durante la memorable travesía.

El 20 de setiembre se celebra en Argentina el día del caballo en memoria de la fecha en que Aymé Tschiffely y sus alegres compañeros de viaje arribaron a la ciudad de Nueva York.

Tal vez hoy, todavía cabalgue por nuestras pampas un caballero suizo, un auténtico gaucho argentino, acompañado de dos fieles compañeros. Hay amistades que existen para siempre…

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