PersonajesAgustín P. Justo | Década Infame | José Félix Uriburu

Agustín P. Justo, el hombre que quería ser rey

¿Líder garante del republicanismo o destructor de instituciones democráticas? Agustín P. Justo, presidente de la nación entre 1932 y 1938, llegaría a ser recordado como ambos. Su identidad ambigua – la capacidad de sacar al país de una crisis económica con gran éxito y, a la vez, hacer del fraude electoral un hábito – terminaría por hacer de él una de las tantas figuras contradictorias e incomprendidas de la historia argentina.

El 11 de enero de 1943, Agustín P. Justo moría en su casa de un derrame cerebral a los 66 años. Hacía cinco años que había abandonado la presidencia, pero para ese momento parecía que su carrera podía tomar una nueva dirección y, finalmente, ponerlo en el lugar en el que él querría haberse visto. Para entender como llegó ahí, hace falta repasar su carrera previa, incluso antes de llegar a alcanzar los altos mandos.

Más tarde sería recordado como uno de los protagonistas políticos de la “Década Infame”, pero para 1930, cuando fogoneó el caos con José Félix Uriburu, él ya era un personaje reconocido. Fanático lector y estudioso, ingresó a la educación militar a los 11 años, sin abandonar las filas se graduó de ingeniero en la UBA en 1903, y luego llegó a actuar como director del Colegio Militar entre 1915 y 1922, y como Ministro de Guerra durante el gobierno de Alvear. Como muchos hombres de su época, se sintió llamado a asumir, de facto, la responsabilidad de enderezar el curso de la vida democrática que se había visto, según creían muchos en esos años, distorsionado con el retorno de Yrigoyen al poder en 1928, razón por la cual conspiró en su contra.

Dentro del Ejército, institución en la que tenía gran presencia, la cuestión adquiría ribetes más dramáticos si se tiene en cuenta todo lo que había cambiado en los últimos años y cuanto de esta transformación había sido obra suya. Para finales de los veinte, la institución estaba en pleno proceso de burocratización, profesionalizándose gracias al aumento de presupuesto que Justo había designado como Ministro de Guerra, y consolidándose como una sólida estructura de poder casi autónoma. Además, desde las épocas de Justo como directivo del Colegio Militar, se había favorecido el surgimiento de una nueva ideología castrense, asentada en los valores republicanos y el rol del Ejército para su preservación que, por sobre todas las cosas, terminaría por generar una amplia desconfianza frente a las intervenciones políticas de la Fuerza.

Al considerar todo esto, no sorprende que ya desde la primera presidencia de Yrigoyen se había comenzado a gestar entre los militares una animosidad en su contra cuando se favorecieron los ascensos de los oficiales adictos al régimen, situación que empeoró a partir de la designación de Elpidio González (un civil) al frente del Ministerio de Guerra. Así, para finales de la década del veinte la división entre “radicales” y “profesionalistas”, liderados por Justo, dentro del Ejército sería una más de las dicotomías que se ajustarían perfectamente a la división que se estaba gestando frente al gobierno de Yrigoyen.

Con el derrocamiento del presidente finalmente producido y el prestigio del país “salvado”, según medios de la época, el mando terminó en manos de Uriburu, quien aseguró que restauraría el orden democrático. Este “soldado de cortas luces”, como lo describió María Saénz Quesada, sin embargo, tenía otros planes. Aunque tenía ínfulas de fascista y soñaba con reformar la Constitución según el modelo corporativista, no contaba con el apoyo de las masas por lo que intentó establecer un régimen sostenido por el Ejército. De más está decir que la institución, fuertemente justista, no le dio el apoyo que necesitaba. Con alzamientos armados constantes de civiles y del ala radical, finalmente Uriburu llamó a elecciones en la provincia de Buenos Aires que culminaron con el triunfo radical.

Justo, que estaba esperando en las sombras, ciertamente debe haber disfrutado de este momento ya que soñaba con alcanzar la presidencia y ahora podría hacerlo sin quedar pegado al régimen dictatorial. Para 1931 comenzó a buscar apoyo, inicialmente, en el lugar menos pensado: la UCR. Confiaba que su participación en el gobierno de Alvear lo ayudaría en este sentido, pero estuvo lejos de prosperar, por lo que buscó dividir al movimiento y apuntar a atraer a los antipersonalistas. Estos, junto con los conservadores provinciales nucleados en el Partido Demócrata Nacional, el Socialismo Independiente, una parte del nacionalismo y, sorprendentemente, la Iglesia Católica – que por primera vez apoyó a un candidato – serían los que le darían una cómoda victoria, especialmente luego de que la candidatura de Alvear fuera anulada y de que la UCR, a modo de protesta, llamara a la abstención.

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Agustín P. Justo arengando a la población desde el balcón de la Casa Rosada en 1930.
Agustín P. Justo arengando a la población desde el balcón de la Casa Rosada en 1930.

Luego de asumir la presidencia el 20 de febrero de 1932, Justo comenzó a poner en práctica sus políticas anunciadas con un tono mesiánicos que, más allá de solamente destacar la restauración del orden democrático, parecía que venían a renovar al país por completo. Por un lado, se encontraba el problema económico, fruto de la Depresión de la década del treinta y la desaceleración de las exportaciones, base de la renta nacional. La solución a este difícil problema vino de la mano del intervencionismo estatal, total novedad en la Argentina de esos años, marcado por la creación de organismos como las Juntas Nacionales de Granos, de la Carne, del Algodón, el Instituto de Vitivinicultura y, fundamentalmente, el Banco Central al mando de Ernesto Bosch y Raúl Prebisch. Todo esto estuvo acompañado de un fuerte impulso a la industria y un aumento de la obra pública en todo el país en aras a modernizar la infraestructura, poniendo la economía en movimiento y haciendo que el PBI creciera entre un 4 y un 7% durante su mandato.

En lo que respecta a lo político, el compromiso de Justo con la democracia parecía, según sus discursos iniciales, absoluto. Los problemas, sin embargo, no tardarían en llegar en forma del repudio de la UCR y de las tensiones que existían dentro de la coalición que lo había llevado al poder. El primero de estos problemas sólo se resolvería “domesticando” al radicalismo, es decir, consiguiendo que dejaran de levantarse en armas constantemente, que repudiaran a Yrigoyen y, si era posible, que lo reconocieran a Justo como líder del movimiento. Ciertamente, la opinión pública estaba del lado del presidente, quien tenía medios tan importantes como Crítica repudiando el accionar radical y señalándolo como la raíz de todos los males. Por encima de todo esto, además, Justo se esforzó especialmente por erigirse como el garante del republicanismo, dando muestras muy públicas de sus intenciones. Su política exterior en general fue muy positiva – como prueban las visitas de F.D. Roosevelt a la Argentina en 1936 y el viaje de Justo a Brasil en 1933 para visitar a Getulio Vargas – y se destaca el accionar de Carlos Saavedra Lamas como Canciller, quien llegaría a recibir el Premio Nobel de la Paz por su actitud conciliadora en la Guerra del Chaco. En el frente doméstico, el presidente trabajó especialmente para distanciarse de las actitudes yrigoyenistas y, en esta línea, era común que diera discursos públicos en la radio, que acudiera religiosamente a la apertura de sesiones y que señalara su compromiso con el pluralismo, demostrado por su cooperación con la oposición, a la que se le prestó el apoyo para aprobar varias leyes sobre temas sociales.

El idilio, por supuesto, no era total en ninguno de estos temas. La primera y más sonada crítica en su contra – ya folklórica en la Argentina de hoy – fue la firma del Pacto Roca-Runciman. Este tratado despertó virulentas críticas desde la oposición, encabezada por Lisandro de la Torre, ya que garantizaba la exportación de carne argentina a Gran Bretaña – que había disminuido su cuota de importación – a costa de unos términos que muchos consideraron sumamente beneficiosos para los intereses británicos y, luego se descubriría, habilitó muchísimos hechos de corrupción.

En paralelo, surgió el tema de las elecciones fraudulentas, obscenas al punto que terminarían por marcar la época. Esta decisión de intervenir en los comicios se tomó especialmente después de 1935, cuando la UCR decidió abandonar el abstencionismo, encolumnandose detrás de Alvear, y Justo descubrió que la Concordancia – su laxa estructura de poder dentro del Congreso – no podía traducirse en apoyo electoral que le permitiera designar un sucesor para las elecciones de 1937. Por esta razón, se votaron leyes polémicas y se avasallaron instituciones que, aunque lograron darle el poder tan deseado a Justo, terminaron por hacerle perder el apoyo popular que había logrado conseguir como “garante del orden”.

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Finalmente, Justo traspasó el mando a Roberto Marcelino Ortiz en 1938, pero estuvo lejos de desaparecer. Hasta su muerte en 1943 siguió teniendo al Ejército en la palma de su mano y lo usó hasta en sus últimos momentos. Luego de que Ramón Castillo asumiera la presidencia cuando Ortiz se tuvo que alejar por temas de salud, el flamante líder intentó continuar excluyendo a la UCR del poder a través del fraude y del apoyo militar. Aunque es cierto que la influencia católica cada vez era más fuerte en el ámbito castrense, especialmente entre las generaciones más jóvenes, Justo seguía siendo el favorito, por lo que garantizó que una parte importante de la Fuerza no apoyara los intereses de Castillo. Con ese poder de su lado y con la UCR, al haber fallecido Alvear, por fin coqueteando con una posible candidatura en vistas a las elecciones de 1943, todo parecía por fin estar yendo exactamente de la forma que él quería. A pesar del entusiasmo, la muerte lo sorprendió en enero de ese año.

No hay forma de saber qué habría pasado si Justo hubiera llegado a presentarse en las elecciones, pero lo que sí es claro es que, sin una figura que balanceara el poder militar con el político, las divisiones se profundizaron en el Ejército. En lo concreto, un grupo de oficiales nacionalistas emergió triunfante y terminó derrocando a Castillo a mediados de 1943, inaugurando una etapa en la que las Fuerzas Armadas abandonaron su rol de “árbitros” y asumieron un nuevo protagonismo en los esquemas del poder.

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