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Acuerdo de paz entre palestinos e israelíes

El 13 de septiembre de 1993 un apretón de manos asombró al mundo. El presidente de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) Yasser Arafat, se levantó con impaciencia de su silla; el primer ministro de Israel, Yitzhak (Isaac) Rabin, necesitó un codazo del presidente de los EEUU, Bill Clinton.

La firma de la paz se llevó a cabo en el jardín de la Casa Blanca y los líderes de dos pueblos que llevaban décadas en guerra se dieron la mano en un acto que significaba la mayor esperanza para Oriente Medio desde los acuerdos de Camp David en 1978.

El nombre oficial del acuerdo fue “Declaración de Principios sobre las Disposiciones relacionadas con un Gobierno Autónomo Provisional”, enorme y prolongadísimo título en el que cada palabra fue medida y exprimida en su significado para evitar divergencias de interpetación de las partes. En buen criollo, ninguno confiaba en el otro. Como la mayoría de las negociaciones que derivaron en el acuerdo se llevaron a cabo en Oslo, el acuerdo se llamó también “Acuerdo de Oslo” (luego pasaría a ser “Oslo I”, ya que hubo otro más adelante).

Además de Arafat y Rabin, firmaron el acuerdo Mahmoud Abbas, (alto signatario de la OLP y uno de los mayores artífices del acuerdo), Shimon Peres (Ministro de Relaciones Exteriores israelí), Warren Christopher (Secretario de Estado de EEUU), Andrei Kozyrev (Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia) y Bill Clinton (presidente de EEUU), estos últimos tres como testigos del acontecimiento.

El impulso para la firma de este compromiso tuvo varias aristas. Por una parte, desde diciembre de 1987, el alzamiento de la Intifada (nombre popular asignado a las rebeliones populares de los palestinos de la franja de Gaza y Cisjordania contra Israel) presionaba cada vez más a los dirigentes de la OLP para que consiguieran algún logro político concreto que pudieran mostrar a su pueblo. El crecimiento tanto de los violentos como de los fundamentalistas islámicos provocó que los líderes israelíes empezaran a ver a la OLP (dispuesta a negociar) como un “mal menor”. Por otra parte, el final de la Guerra Fría implicaba en cierta forma que ningún bando contaría con un apoyo irrestricto de las superpotencias rivales, siempre en ese estado de beligerancia perpetua que las caracteriza (de hecho, la URSS como tal ya había dejado de existir y EEUU tenía que guardar las formas, ya que estaba mediando para la paz).

Israel hizo una lectura de dicha situación y también del hecho de que algunos países árabes le habían quitado su ayuda a la OLP luego del apoyo de la misma a Irak durante la Guerra del Golfo. Otro factor tenido en cuenta era que cada vez más israelíes estaban disgustados con el “costo moral” que implicaban los terrirorios ocupados, así que toda esa suma de cosas empujó a Israel a aceptar un acuerdo.

Las conversaciones entre la OLP e Israel se habían iniciado dos años antes en Madrid y llegaron a un acuerdo como resultado de arduas negociaciones bastante reservadas (secretas, decían, pero al final todo se sabe) entre altos funcionarios de ambas partes.

El pacto de paz firmado estipulaba cinco años de autogobierno provisional de los palestinos en los territorios ocupados, empezando por la franja de Gaza (territorio frente al mar Mediterráneo, al suroeste de Israel y al norte de Egipto) y por Jericó (ciudad más importante –junto con Ramala– de Cisjordania, territorio al este de Israel, limitando con Jordania). Además contemplaba negociaciones futuras, programadas para 1995, para un arreglo y decisión permanente sobre el gobierno de ambos territorios.

Se acordó también que Israel reduciría su presencia en esas regiones y comenzaría a retirar a sus soldados de allí; además, se realizarían elecciones para designar un Parlamento palestino. De todos modos, Israel seguiría siendo responsable de la seguridad en las fronteras de dichos territorios.

Pero el futuro estaría lleno de obstáculos (cuándo no), sobre todo en Gaza, donde los campamentos de refugiados palestinos seguían engendrando odio. “Es muy fácil iniciar una guerra, pero es muy difícil conseguir la paz”, decía Arafat.

Y los hechos no harían más que demostrar que la paz era muy difícil de sostener. Cinco meses después de firmado el acuerdo, un fanático israelí (un médico nacido en Brooklyn) mató a 29 personas en una mezquita de la Tumba de los Patriarcas de Hebrón; éste a su vez fue golpeado hasta morir, y la espiral creció: soldados israelíes dispararon contra la turba y la guerrilla árabe, siempre atenta y dispuesta, tomó represalias contra los israelíes.

La violencia terminó aplazando esa primera fase del acuerdo (el autogobierno palestino limitado en los territorios ocupados) hasta mayo de 1994, cuando finalmente los israelíes entregaron Jericó y Gaza a las autoridades palestinas. A pesar de que los hechos de violencia nunca se redujeron del todo, el pacto entró en vigencia y Arafat regresó a Jericó con sensación de triunfo.

Sin embargo, muchos palestinos comenzaron a apartarse del liderazgo de Arafat; algunos lo tildaban de autocrático y otros le reprochaban su “cooperación” con Israel. En octubre de 1994, uno de esos grupos, Hamas (un grupo musulmán fundamentalista cuyo nombre significa “movimiento de resistencia islámica”) lanzó una fuerte ofensiva contra el hasta ese momento endeble proceso de paz y contra la autoridad de Arafat. Hamas secuestró a un soldado israelí, lo filmaron mientras pedía su liberación y terminaron asesinándolo cuando los comandos israelíes encontraron el escondite donde lo tenían; como para continuar con su premisa, días después un suicida-hombre-bomba se detonó en un autobús en Tel Aviv matando a 23 personas.

Ni siquiera la firma de un pacto entre Israel y Jordania, que mantenían relaciones relativamente cordiales, consiguió reestablecer el optimismo: en noviembre de 1994, cuando fuerzas de seguridad mataron a 15 miembros de Hamas en Gaza, el acuerdo de paz firmado el año anterior por Arafat y Begin fue aplazado.

En septiembre de 1995 se firma el acuerdo de Oslo II (también llamado acuerdo de Taba), denominado “provisional”, ya que sienta bases para negociaciones posteriores y resulta un “convenio preliminar” para un acuerdo de paz global. De nuevo muchísimas palabras y comillas, el horno no estaba para bollos.

En enero de 1996, Yasser Arafat fue elegido presidente de la Autoridad Nacional Palestina por el 88% de los votantes. Cuatro meses después, en Israel, Benjamín Netanyahu (candidato de la derecha) ganaba las elecciones por un margen inferior al 1% (apenas algo menos de treinta mil votos más que su rival, Shimon Peres).

Ese ajustadísimo resultado de las elecciones producía efectos contrarios. Por un lado, Netanyahu, que había basado su campaña electoral en difundir el temor que representaba Palestina (y los atentados constantes eran su material de prueba), parecía encarar su política hacia la dureza. Pero Netanyahu necesitaba una coalición para gobernar, y el hecho de que prácticamente la mitad de sus compatriotas había votado a Shimon Peres (que por el contrario apostaba a una política de acuerdo con los palestinos) no podía ser soslayado.

Así que Netanyahu no la tenía fácil: tenía que satisfacer a sus votantes y a su propia convicción (lo que implicaba mantener el desarrollo de colonias judías en Cisjordania y el control exclusivo israelí sobre la ciudad de Jerusalén y las Alturas del Golan –al norte de Israel, limitando con Líbano, Siria y Jordania–), pero contemplar las negociaciones con Arafat, lo cual era pretendido por la otra mitad del país.

Las dificultades para conciliar esta doble exigencia eran enormes. Y otra vez, un hecho puntual generó una violencia decisiva: la apertura al público de un túnel milenario que pasaba por debajo de la mezquita Al Aqse, considerada la tercera en imporancia por los musulmanes, desencadenó un nuevo enfrentamiento entre israelíes y palestinos, y dejó como saldo setenta víctimas.

Las dos partes, de mecha corta, más bien cortísima, volvieron a explotar. Y el acuerdo firmado entre Arafat y Rabin quedó aplazado indefinidamente.

La esperanza, esa impostora permanente, volvía a mostrar su lado oscuro.

Otra vez. Y van...

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