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A la cuarta fue la vencida: la boda de Charles y Oona Chaplin

Él venía de un tumultuoso pasado sentimental en el que acumulaba tanto matrimonios como demandas de paternidad y de abuso de menores. Ella era la joven hija de un escritor depresivo. Se encontraron y se salvaron.

“Acabo de conocer a Charlie Chaplin. ¡Menudos ojos azules tiene!”. La que escribe esto es la adolescente Oona O’ Neill a su amiga Carol Marcus, en noviembre de 1942. Ese encuentro entre la estrella de cine más famosa del mundo y la debutante perfecta marcará la existencia de ambos para siempre. Cada uno encontró en el otro la salvación.

En el otoño de 1942 Oona tenía 17 años y acababa de llegar a Hollywood. En Nueva York era una socialité conocida por haber sido nombrada “debutante del año” en el Stork Club. También había interpretado un papel secundario en Pal Joey, en Broadway, y protagonizado algunos anuncios gracias a su belleza morena y elegante. Como tantas jóvenes de su época, deseaba ser actriz, y para ello contaba con una presencia atractiva y el reclamo del nombre de su padre, el escritor Eugene O’Neill, con el que en realidad apenas tenía relación. La agente Mina Wallace empezó a moverla por los estudios, y se le ocurrió que podía ser idónea para el papel de Bridget en Shadow and Substance, la película que estaba preparando Charlie Chaplin.

Así lo recuerda él en su autobiografía: “Me dijo que su clienta era Oona O’Neill, hija del famoso dramaturgo Eugene O’Neill. No conocía a O’Neill; pero, dada la seriedad de sus obras, me forjé una idea más bien sombría del aspecto que tendría su hija. Llegué temprano y al entrar en el salón descubrí a una joven sentada sola junto al fuego. Me presenté a mí mismo, diciendo que suponía que ella era la señorita O’Neill. Sonrió. En oposición a mi preconcebida idea, me di cuenta de que era una belleza luminosa, con un encanto un poco oculto y una dulzura muy atractiva”.

Después de aquella comida de trabajo, Chaplin contrató a la joven, y empezaron a verse cada vez con más frecuencia. Quedaban para jugar al tenis, para tomar el té, para cenar, a menudo con la madre de ella como carabina, por lo que pudiera pasar. Cuando ella contrajo la gripe, él la invitó a alojarse en su casa (en habitaciones separadas). Muy pronto quedó claro que se estaban enamorando pese a los 36 años de diferencia que había entre ambos. La noticia despertó el estupor del público, y no solo por el evidente shock de ver una pareja entre una joven de 17 años y un señor de 53. Es que ese señor, además, era Charlie Chaplin.

Sí, Chaplin era un genio, rico y famoso, dotado de un talento sobrenatural que hacía que personas de los ámbitos más diversos –políticos como Churchill, científicos como Einstein, aristócratas como el duque de Alba– se acercasen a conocerle cuando visitaban Estados Unidos, como si fuese un monumento nacional, pero en cuanto a su idoneidad como pareja… aquello era otro cantar. En el momento en el que Oona y él iniciaron una relación, él estaba sumido en un escándalo que hacía las delicias de los tabloides. El asunto venía de lejos. La inclinación de Chaplin por las mujeres era proverbial; a lo largo de su carrera se le adjudicaron numerosísimos romances, algunos probados y otros no. Él mismo diría que lo primero en lo que pensaba al ver a una mujer era en sus posibilidades de tener sexo con ella, y que solo dejaba de pensar en eso cuando estaba concentrado en el trabajo. Además, su preferencia por las mujeres muy jóvenes, incluidas menores de edad, era –siendo benévolos– problemática y objeto de críticas incluso en una época en la que hablar de abuso de poder o relaciones desiguales no estaba en absoluto tan al día como hoy. No sólo su vida sexual entraba en ocasiones dentro de lo moralmente reprobable, sino también en lo delictivo, por lo que sus romances a menudo habían terminado en los juzgados, con medio mundo mirando y tomando notas.

Ese fue el caso de su primera esposa, la actriz Mildred Harris, a la que conoció en una fiesta en casa de Samuel Goldwyn. Ella le pidió que la llevara a casa, aunque parecía interesada en otro actor allí presente. Conversaron sin más en el coche, y al día siguiente, ella le llamó con intenciones de coqueteo. En sus memorias, Chaplin cuenta que Mildred no le parecía muy atractiva, pero le cotillearon que el chófer había dicho que había salido de casa de Sam Goldwyn “con la chica más guapa que había visto en su vida”. “Esta observación trivial excitó mi vanidad, y aquello fue el comienzo. Hubo cenas, bailes, noches pasada a la luz de la luna y paseos a la orilla del mar, y ocurrió lo inevitable: Mildred empezó a estar preocupada”. Hicieron lo que se hacía entonces cuando una chica empezaba a “estar preocupada”: casarse. La boda se celebró el 18 de octubre de 1918, con expectativas de futuro un tanto ambivalentes, pues como escribe él “aun sin estar enamorado, una vez casado quería estarlo y que nuestro matrimonio fuera un éxito”. Aunque en sus memorias Chaplin dice que Mildred tenía 18 años, en realidad tenía 16, y él 29. “Tras casarnos, el embarazo de Mildred resultó ser una falsa alarma”, comenta él lacónico. Chaplin define a su primera esposa como “no demasiado inteligente”, y cuando Louis B. Mayer la quiso fichar como actriz –hasta entonces solo había hecho papeles secundarios– se lo tomó como una afrenta personal del director para fastidiarle, por lo que boicoteó esa posibilidad de trabajo para Mildred. La relación quedó sentenciada cuando –esta vez sí–, un año después de la boda, la joven dio a luz a un niño que solo vivió tres días. Empezaron a hacer vidas separadas. Según los biógrafos de la estrella, él nunca dejó de tener affaires con otras mujeres, aunque él escribe en sus memorias que su íntimo amigo Douglas Fairbanks se hizo eco de los rumores de que ella estaba siéndole infiel. En abril de 1920 empezó el divorcio, que coincidió con los problemas con la productora First National, con la que Chaplin estaba rodando El chico. La empresa quería estrenar la película cortada y pagarle menos, pero él se negó porque le había costado mucho dinero, además de año y medio de intenso trabajo: “Me amenazaron con ponerme un pleito. Decidieron actuar por medio de Mildred y trataron de incautarse de El chico”. En un clásico que se repetiría en muchas ocasiones en la vida de Chaplin, lo sentimental se mezclaba con lo laboral, llegando a los juzgados. El discreto, neurótico y celoso de su intimidad artista sufrió al ver su vida privada aireada en los juzgados y ante la prensa. Mildred contó que había tenido un ataque de nervios cuando estaba embarazada provocado por su comportamiento; le acusó de crueldad, de ignorarla y de negarse a hacer cualquier tipo de vida social con ella. Terminaron llegando a un acuerdo extrajudicial de 100.000 dólares. Justo después, Mildred tuvo un romance con otro hombre ilustre de su época, el príncipe de Gales, futuro Eduardo VIII, futuro duque de Windsor. Su carrera en el cine no sobrevivió al paso al sonoro y se quedó en papeles muy secundarios hasta su fallecimiento por neumonía en 1944. En aquel trance, su exmarido Chaplin envió un gran ramo de flores a su sepelio. Pare ese momento, el escándalo de sus relaciones con Mildred debía parecerle agua de borrajas.

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Mildred Harris a finales de la década de los 10.
Mildred Harris a finales de la década de los 10.

Soltero de nuevo, Chaplin mantuvo romances de diversa intensidad con actrices como Pola Negri, de la que dice que sus relaciones “terminaron tan rápido como empezaron”, y con otros nombres hoy casi desconocidos como Claire Windsor o Clare Sheridan. También hubo multitud de romances con jóvenes anónimas, aunque se limita a mencionar una “tumultuosa aventura” con una joven mexicana que le acosó apareciendo de forma sorpresiva en su casa. También es discreto sobre su affaire de altos vuelos con una de las vampiresas de su época, Peggy Hopkins Joyce, que le inspiró con sus aventuras la película Una mujer en París. Según el desde luego nada discreto Kenneth Anger, Peggy le preguntó a Chaplin: “¿Charlie, es verdad lo que dicen, que te cuelga como a un caballo?”. Sobre este respecto, sería interesante oír la opinión de la burbujeante actriz Louise Brooks, que a sus 18 años tenía la edad justa que le gustaba a Chaplin –puede que incluso demasiado mayor. Cuando se conocieron, pasaron una semana sin salir del Hotel Abassador. Como contaba Eva Güimil, “Brooks fue bastante discreta con su romance con la mayor celebridad del momento, pero a su entorno sí le contó algún detalle estrambótico como que la obsesión del actor por las enfermedades le hacía untarse el pene en yodo para evitar contraer alguna venérea y que cuando su relación se terminó él le mandó un cheque de 2.500 dólares. No sé sintió molesta ni ofendida, por supuesto, era una chica práctica y además lo adoraba como hombre y como artista. “Aprendí a actuar viendo bailar a Martha Graham y aprendí a bailar viendo actuar a Chaplin” escribió años después sobre él”.

En El chico, la película que rodaba durante su matrimonio con Mildred Harris, Chaplin había trabajado con una niña de 12 años llamada Lillita MacMurray, que interpretaba a un angelote durante una ensoñación. Pocos años después, Chaplin fichó a la misma chica, ahora conocida como Lita Grey, para un papel más grande junto a él La quimera del oro. Lita tenía entonces 15 años; Charlie, 35. Según el biógrafo Peter Ackroyd, durante una jornada de rodaje, Charlie le dijo a Lita de forma casual: “Cuando sea el momento y el lugar adecuados, vamos a hacer el amor”. “Cumplió su deseo unas semanas después en el baño de vapor de su casa en Beverly Hills”, afirma el autor. No tardó Lita en quedarse embarazada, a lo que él le propuso que abortase, pero la familia de ella tomó cartas en el asunto amenazando al futuro padre con denunciarle por corrupción de menores o, directamente, meterle un tiro. Pronto se demostraría que había personas que contemplaban estos acontecimientos de dos formas muy opuestas: uno, como la historia de un abusador de menores que pretendía gracias a su dinero librarse de sus obligaciones y no hacer lo entonces considerado correcto cuando se llevaba a una chica “al mal camino”. Otra, como el caso de una cazafortunas que sabía muy bien lo que se hacía, guiada por su madre, la poderosa que influía desde la sombra Nana Murray. Kenneth Anger en Hollywood Babiloniaparece defender esta teoría de que a Chaplin lo habían “cazado” o tendido una trampa gracias a su debilidad por las adolescentes (debilidad que podía considerarse un delito).

En esta línea, cada uno contaría su historia de forma distinta. Según Charlie diría “Estaba atónito y listo para suicidarme cuando Lita me dijo que no me amaba y que debíamos casarnos”. Según Lita, fue él el que le aseguró en su misma noche de bodas: “Este matrimonio no durará mucho, haré que sea para ti un maldito infierno hasta el punto de que no quieras vivir conmigo”. La boda se efectuó en secreto en México en 1924, la novia tenía 16 años. Chaplin solo dedica un párrafo de sus memorias a hablar de su segunda esposa, en un prodigio de la síntesis: “Durante el rodaje de La quimera del oro me casé por segunda vez. Como tenemos dos hijos ya mayores, a los que quiero mucho, no entraré en más detalles. Estuvimos casados durante dos años e intentamos mantener a flote nuestra unión; pero era imposible, y terminó en medio de una gran amargura”.

Así fue; Charles Junior nació el 28 de junio de 1925; aunque en realidad había nacido el 5 de mayo y la pareja decidió falsear la fecha para evitar mayores escándalos. Nueve meses después nació Sydney, su segundo hijo. Según Kenneth Anger, a la familia de Lita le faltó tiempo para instalarse en casa del actor, haciendo suya aquella mansión y dejándole privado de la tranquilidad que necesitaba para trabajar. En Mi padre, Charlie Chaplin, Charles Chaplin Jr. describe lo que a él le contaron que fue aquel matrimonio: “Dos años largos de tortura, de completa incompatibilidad. Mi padre tenía la sensación de haberse amarrado a una clase de vida que no comprendía: no comprendía la esencia misma de la vida matrimonial, ese dar y recibir, ni las obligaciones que implicaba. Desde luego mamá no podía ser feliz en semejantes circunstancias. No comprendía la compleja naturaleza de él, esa amalgama de tristeza introvertida y alegría extrovertida, ni su fanática devoción por el trabajo. Continuamente había recriminaciones por parte de mi padre, y lágrimas histéricas por la de mi madre”.

Estaba claro que aquello no podía durar, pero según contaría después Lita, el detonante de la ruptura fue que en noviembre de 1926 ella descubrió que su mejor amiga Merna Kennedy y Charlie estaban liados (Merna se casaría después con el famoso director y renovador del musical Busby Berkeley). Lita demandó a su marido por 800.000 dólares, la cantidad más alta jamás requerida en un divorcio. El escándalo era mayúsculo, pues se filtró un documento de 42 páginas a suerte de memorial de agravios de Lita sobre su marido, que él rechazó diciendo que era todo falso. Las noticias sobre la malavenida pareja competían en las portadas de los periódicos con las del primer vuelo transatlántico de Lindbergh o la ejecución de Sacco y Vanzetti. Charles Chaplin hijo escribe: “los asuntos privados de papá y mamá se convirtieron en una sesión de circo permanente. Todos tomaron parte en el espectáculo. Nos presentaban a mi madre y a nosotros muriéndonos de hambre, y a papá como un monstruo que se negaba a prestarnos ayuda. Los clubs femeninos hicieron una colecta pública para nosotros. Los intelectuales franceses firmaron un manifiesto pidiendo que se respetara la vida privada de los artistas”.

La verdad es que había chicha para dar y tomar: Lita definió a Chaplin como una máquina sexual que le exigía tener relaciones sexuales seis veces cada noche, probando posturas imposibles, “solicitando, instando y exigiendo” que ella cumpliera sus “deseos sexuales anormales, antinaturales, pervertidos y degenerados”. Para convencerla, según ella,Chaplin alegaba que cinco actrices de cine con la que había trabajado habían estado dispuestas a participar con él en ese tipo de actos. Al parecer, entre las actividades estaba proponerle un trío con otra mujer y obligarla a leer El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence. La prensa publicaba que Chaplin culpaba de todo a su ex suegra, Nana Murray, y a resultas del proceso, Chaplin sufrió ataques de ansiedad, y se agudizó su recurrente depresión. El caso se resolvió el 22 de agosto de 1927. Al final Chaplin tuvo que pagar los costes del juicio y 200.000 dólares para sus hijos. Lita tampoco salió indemne. Según cuenta su hijo, cada vez que oía música de Wagner tenía que dejar la habitación presa de la angustia, porque era el compositor favorito de su ex marido y le recordaba los años pasados con él. Además, Lita sufriría al menos dos colapsos nerviosos por los que tendría que estar internada. Cuentan sus hijos que en sus delirios aseguraba que el poderoso Chaplin era una amenaza que la espiaba y acosaba. En una extraña vuelta del destino, algunos estudiosos de Nabokov defienden que el primer nombre de Lita, Lillita, fue lo que le inspiró para su novela Lolita.

Después del escándalo, Chaplin pasó dos años sin ver a sus hijos, Charles Jr. y Sydney, hasta que un día la bisabuela de los niños, aprovechando que la madre y la abuela estaban de viaje, le llamó y concertaron una cita. Desde entonces, reanudaron la relación, aunque Chaplin desaparecía durante largas temporadas, cuando estaba de viaje o absorto en el trabajo, en el que se metía de forma obsesiva y perfeccionista. Pese a todo, Charles Jr. asegura que su padre les adoraba y aunque al principio no sabía bien cómo actuar con ellos, ellos ocupaban una parte muy importante de su vida. La todavía joven Lita Grey volvería a los escenarios, con largas giras teatrales, y consiguió un contrato para que sus hijos empezasen a actuar en películas, pero Chaplin se negó. Sabedor de lo complicado que era superar una carrera como niño actor, amenazó con pleitear si su ex esposa quería hacer que los niños trabajasen, aunque si de adultos querían hacerlo, él les apoyaría (cosa que hizo, sacándolos en Candilejas).

Lita se casó varias veces más, en matrimonios que resultaron fallidos. Acabaría sacando un libro en el 66, Mi vida con Chaplin, del que luego renegaría diciendo que todos los detalles escabrosos se los había inventado el negro que lo había redactado en realidad. Después publicó otro libro, Wife of the Life of the Party, en el que aseguraba que esta vez sí contaba la verdad. En su larga y longeva existencia (murió en 1995), Lita tendría ocasión de hablar del Chaplin exigente director que no dudaba en hacer llorar al pequeño Jackie Coogan en El chico para obtener la mejor interpretación posible, o en obligarla a ella a repetir una y otra vez la escena en La fiebre del oro en la que se comía un zapato, hasta ocasionarle náuseas, antes de reemplazarla por otra actriz cuando se quedó embarazada. Pero todo esto lo explicaba diciendo que era muy perfeccionista, y en cuanto a su diferencia de edad y que su relación iniciase cuando ella era menor, comentaba en un rasgo de mentalidad muy de su época: “era un genio, y los genios hacen y piensan cosas raras en comparación con la otra gente”.

Era la opinión generalizada en ese momento. El mundo miraba con fascinación a Hollywood, al que parecían disculpar todos sus errores y al mismo tiempo estaban deseando lanzarse con el dedo censurador sobre ellos. Chaplin había tenido una buena muestra de ello cuando se le relacionó con la muerte de Thomas Ince, uno de esos escándalos emblemáticos de la era del jazz. En 1924 una serie de estrellas de cine salieron a divertirse por la costa de California a bordo del Oneida, el yate de William Randolph Hearst. Estaban presentes, entre otros, el magnate, su amante la actriz Marion Davies, Chaplin, la periodista Louella Parsons y el actor, productor y director Thomas H. Ince. La leyenda asegura que en algún momento de la travesía, Hearst pilló a Davies poniéndole los cuernos con Chaplin, al que disparó con intención homicida pero la bala acabó dándole a Ince. El todopoderoso Hearst habría ocultado el asesinato con su influencia sobre los periódicos del país, poniendo a Louella a sueldo para que mantuviese la boca cerrada. Según los interesados, lo que ocurrió es que Ince sufrió un gran dolor a bordo, atracaron para llevarle un hospital y fue allí donde murió, de un ataque al corazón. Pero las versiones posteriores parecían tan contradictorias que la rumorología se desató y ha quedado ya para los restos como uno de los grandes enigmas de Hollywood. Por supuesto, en sus memorias Chaplin niega incluso haber estado a bordo del barco el fin de semana de marras; su versión es la oficial, según la que el desdichado no murió a bordo, sino en el hospital, donde de hecho él le visitó poco antes de su fallecimiento. Y en cuanto a su relación con Marion, por supuesto tampoco pasa de una amistad. Su hijo Charles tiene una explicación para negar ese supuesto vínculo amoroso: “Corrían rumores de que su interés por Marion Davies era algo más que un simple pasatiempo. Su ingenio le divertía y admiraba su valentía y espíritu de independencia y también su generosidad. Pero aunque Miss Davies tenía tantas cualidades que agradaban a mi padre, le faltaba la más importante para él. No le necesitaba. Ella ya era famosa en el cine”.

¿Quién sí necesitaba a Chaplin porque no era nada famosa en el cine? Paulette Goddard. Se conocieron justo en una fiesta en un yate (esta vez sin finados) justo cuando Charlie acababa de volver de un largo viaje por el mundo de ocho meses. El cine sonoro se imponía haciendo al artista ser consciente de que si su Charlot hablaba, perdería la magia, así que se encontraba en un bloqueo creativo. De charla con ella, le desaconsejó vivamente que invirtiese el dinero de la pensión de su exmarido en la producción cinematográfica, y así se hicieron amigos. Paulette había sido corista de las Follies a los 14, se había casado con un millonario a los 16 y luchaba por abrirse paso como actriz. “Lo que nos unía a Paulette y a mí era la soledad”, rememora Chaplin. “Ella acababa de llegar de Nueva York y no conocía a nadie. Para los dos fue como Robinson Crusoe descubriendo a Viernes”. Sus biógrafos aseguran que la hábil Charlotte, que estaba iniciando una carrera como actriz, le mintió sobre su edad asegurándole que tenía 17 años cuando en realidad tenía 22, y así despertó su interés. El caso es que encajaron de maravilla. Y no solo con él, sino en su mundo. Su hijo mayor escribe sobre el momento en el que su padre les presentó a él y a su hermano a su nueva joven novia: “Desde el primer momento tuvimos la sensación de que ella sería nuestra aliada. Syd y yo le rendimos nuestros corazones al instante, y ya no los recuperamos en todos aquellos años dorados de nuestra infancia. ¿Te has dado cuenta alguna vez, Paulette, de lo mucho que representabas para nosotros? Fuiste como una madre, una hermana, una amiga, todo a la vez. Iluminaste el sombrío humor de mi padre y convertiste la gran casa de la colina en un verdadero hogar. Creíamos que eras la criatura más bella del mundo. Y además tengo la sensación de que también nosotros significábamos algo para ti, que en cierto modo también llenábamos un vacío en tu vida”.

Charles Chaplin y Paulette Godard en 1936. © Cordon Press

Chaplin y Goddard estaban juntos en México cuando a él se le ocurrió la idea de Tiempos Modernos, y se propuso que ella fuese su protagonista. Creía en el talento de la joven, y además, como escribe su hijo, ella “fue la primera de sus esposas que, a pesar de su juventud, tenía suficiente madurez intelectual. Podía hablar con él a su mismo nivel”. Charlie procedió a diseñarla a su gusto, a ejercer de Pigmalión. Lo había sido ya en el pasado con otras mujeres, como con Edna Purviance, a la que fichó como actriz en sus inicios, con la que mantuvo un largo romance, y a la que siguió pagando una nómina de por vida aunque ya no trabajase con ella. Al fin y al cabo, eso había hecho él por sí mismo: tras su infancia en la pobreza, desamparado, pasando temporadas en un asilo porque su padre se había desentendido de sus hijos y su madre tenía una enfermedad mental, había llegado a ser un hombre culto e instruido gracias a su propio esfuerzo. Chaplin se había esforzado por educarse él solo y le gustaba hacerlo con los demás –sobre todo con las mujeres–. Paulette respondió bien a este comportamiento; él le dio libros para leer, le pagó clases de interpretación, colaboró en diseñar su nuevo vestuario y sobre todo se dejaba ver con ella en público desde muy pronto. Como él era tan famoso (quizá la persona más famosa del mundo) y ella casi desconocida, la cotización de Paulette subió enteros, y ella sabía que eso la beneficiaba. La prensa especulaba sobre su boda de forma constante, con lo que la propaganda era extra.

Pero amar y trabajar con Chaplin no era fácil. Su hijo Charles, que pasaba junto a su hermano fines de semana alternos en su mansión de su padre en las colinas de Hollywood, describe la convivencia con Chaplin como una alternancia constante entre períodos de tranquilidad salpicados con “olas”. Las olas eran sus películas, en las que se abstraía –a menudo durante años– y todo lo demás pasaba a ser secundario. Estaba de mal humor, se enfadaba con todo y todos, terminaba agotado y agotando a todos los que le rodeaban, y hundido en períodos depresivos cuando no se le ocurrían ideas nuevas entre proyecto y proyecto. Charles resume con filosofía: “con un genio en casa es imposible esperar que se sostenga una atmósfera de normalidad”. Pero Paulette sufría esto no solo como mujer, sino como actriz. Los ensayos de Tiempos modernos eran tan agotadores y extenuantes, que a menudo terminaba cayendo rendida o llorando mientras decía “¡no soy una verdadera actriz, no sirvo!”, ante las exigencias de Charlie.

Por supuesto, sirvió. Su interpretación en Tiempos Modernos resultó conmovedora y llena de vis cómica, a la altura del genio al que acompañaba. Pero tuvo su coste emocional. Como escribe Charles Chaplin Jr., “la chicuela de Tiempos Modernos fue creada a la perfección. Pero Paulette, la mujer verdadera, había sido desdeñada. Terriblemente fatigada tras aquella dura prueba, debió de sentir unas ganas irresistibles de escapar lejos de su maestro y mentor y divertirse”. En la prensa empezó a hablarse de que se la veía en compañía de otros hombres, los periódicos estaban confundidos: no sabían si la pareja seguía unida o ya habían roto, puede que incluso estuviesen divorciados. En realidad, para sembrar más confusión, se casaron después de terminar la película, durante un viaje a Oriente, en un barco que se dirigía a Hong Kong, en 1936.

Después de pasar años concentrada en Tiempos Modernos, Paulette esperaba que su carrera por fin prosperase, pero tardó en ser así, en parte porque Chaplin le aseguraba que iba a crear otro papel a su medida, pero era tan perfeccionista y exigente que se demoraba mucho tiempo entre proyecto y proyecto. La actriz peleó por el papel de Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó, y estuvo realmente bien posicionada en aquel desfile de todo Hollywood que fue el casting, pero Chaplin no estaba dispuesto a cederla a otro productor; la tenía bajo contrato y no quería que hiciese otras películas. En 1938, en crisis de pareja, Chaplin se alquiló una casa en Pebble Beach, en las afueras de Carmel, en la que en principio iba a estar solo un fin de semana y acabó quedándose cinco meses. “Se desentendió por completo de Paulette, de nosotros, y de todo el mundo de Hollywood”, escribiría su primogénito.

Paulette apareció en un par de películas sin mucho interés y en Mujeres, que sí fue un gran éxito, antes de que Chaplin lograse sacar adelante su siguiente obra maestra, que además esta vez sería hablada: El gran dictador. Europa estaba en guerra, medio Hollywood –medio país– era pro (o al menos no anti) nazi y el tema resultaba peliagudo a más no poder. Pero Chaplin, decidido antiautoritario, se comprometió con la causa que consideraba justa, dando discursos contra el militarismo y el fascismo no solo en la película, en la emocionante escena final, sino por todo el país, aprovechándose de la difusión radio. Esto le generó unos enemigos y acusaciones de pro-comunista que acabarían cebándose con él años después. Algunos dirían que parte de la opinión pública no le perdonó que se posicionase de forma tan decidida cuando gran parte del país era contraria a la intervención militar en la guerra.

Mientras, el matrimonio de Chaplin no iba bien, aunque en apariencia seguían juntos y unidos, ya que ella protagonizaría la película a su lado. “Aunque estábamos algo distanciados, éramos amigos y seguíamos casados. Pero Paulette era una criatura llena de caprichos”, explica él. Su hijo Charles Junior escribe que durante el rodaje de El gran dictador “Paulette parecía muy triste, a veces incluso llorosa. No era solo su trabajo agotador lo que la afectaba, sino que se sentía herida en su más íntimo orgullo también. Paulette ya no era la jovencita inexperta de cuando llegó a filmar Tiempos modernos, agradecida de que papá se ocupara de ella. Ahora era una joven actriz consagrada en Hollywood. Los reproches de papá y su manera impaciente de hacerla repetir una y otra vez la misma escena delante de todo el mundo era muy humillante para ella”. Según Charlie, ella aseguraba que su marido era “un negrero” que la explotaba hasta el límite.

Así, al terminar la película en 1940, “era inevitable que Paulette y yo nos separásemos”, reconoce Chaplin. “Ambos lo sabíamos mucho antes de empezar El gran dictador, y ahora que la película estaba terminada teníamos que afrontar el hecho y tomar una decisión”. Después de esto, Paulette se fue a México, donde Diego Rivera la retrató y presumiblemente tuvieron un affaire. De forma paradójica, Chaplin se refirió a ella como “mi esposa” en público por primera vez, cuando su relación ya estaba casi terminada. En diciembre de 1940 Paulette se trasladó a la casa que tenía en la playa, llevándose a los perros con ella. Chaplin se lo anunció de forma sencilla a sus hijos: “Vuestra madrastra y yo no nos llevábamos bien, así es que nos hemos separado”. Para ellos fue un duro golpe. “Nunca soñamos que esto pudiera pasar entre Paulette y papá”. La actriz se casaría dos veces más, la segunda con el escritor Erich Maria Remarque, el autor de Sin novedad en el frente, con el que se instalaría en Suiza. Según Charles Jr., nunca perdieron del todo el contacto. Incluso con su madre, Lita, a la que Paulette solo había visto una vez, se carteaba de vez en cuando, y Lita les diría a sus amigos que la apreciaba mucho porque siempre se había portado estupendamente con sus hijos. “Continuamos siendo muy amigos, y Syd y yo siempre la hemos considerado como miembro de nuestra familia”.

Charles y Oona Chaplin con seis de sus hijos en el aeropuerto de Londres en 1961. © Cordon Press

Soltero de nuevo, Chaplin salió con estrellas como la rubia Carole Landis (que se suicidaría años después) o la morena Hedy Lamarr antes de conocer en junio de 1941 a una persona de la que renegaría poco después, tanto él como todos sus allegados. Joan Barry (o Berry) era una veinteañera pelirroja que soñaba con ser actriz. Entusiasmado por sus posibilidades –y por su belleza– Chaplin la contrató con la idea de que fuese la protagonista de su próximo proyecto, la película Shadow and substance. “Tiene más talento que ninguna de las muchachas que he visto hasta ahora”, aseguraba. Por supuesto, también iniciaron una relación. El astro hizo lo que solía hacer en estas ocasiones: le compró ropa elegante, le pagó un tratamiento dental y la apuntó a clases de teatro. Según su mentor, pronto la joven empezó a dar muestras de estar “emocionalmente desequilibrada”. Tenía un comportamiento errático, faltaba a los ensayos y por momentos era incapaz de trabajar. Siempre según la versión de él, le pagó el billete de regreso a Nueva York con su madre, Gertrude, que era lo que ella deseaba, pero cuando él fue a la ciudad un par de semanas después, ella empezó a llamarle al hotel y a amenazar con suicidarse si no la veía. Al final quedaron, ella se quejó de que no tenía dinero, él le proporcionó 300 dólares y con esa cantidad ella volvió a Hollywood.

De nuevo en terreno Chaplin, él contaría que Joan, fuera de sí, se presentaba en su casa amenazando con suicidarse, entrando por la fuerza rompiendo las ventanas o forzando cerraduras: “Hacía las cosas más lunáticas, como ducharse en su baño completamente vestida o circular a velocidad suicida dando vueltas y vueltas hasta casi volcar el auto en la carretera ante la casa”. Por si fuera poco, Joan anunció que estaba embarazada y que Chaplin era el padre; algo que él negó asegurando que hacía mucho tiempo (en sus memorias dice dos años, aunque las fechas no cuadran) que no tenía relación con ella. Se avecinaba otro escándalo con posible juicio tan jugoso o más como había sido la separación con Lita Grey. Él escribe: “Parece mentira que después de ese sórdido episodio se produjera el acontecimiento más feliz de mi vida. Pero las sombras desaparecen con la noche, y después de la noche sale el sol”. En ese momento de la vida de Chaplin entró en escena Oona O’Neill.

Oona tenía todo lo que a Chaplin le gustaba: era menuda, morena, hermosa y tenía 17 años. Todos los que la conocieron la describen como un prodigio de virtudes que despertaba la admiración –y libido– de nombres como Orson Welles. Su trayectoria, comparada con la de Chaplin, era mínima, pero existían en ella datos ya llamativos: aparte de ser hija del Nobel Eugene O´Neill, Oona había sido considerada una de las chicas de moda de su momento. Apenas dos años antes de aparecer en Hollywood, formaba el trío más popular de Nueva York junto a sus amigas Gloria Vanderbilt y Carol Marcus. Las llamaban “las herederas”, por sus atractivos linajes –aunque eran, algunas real y otras metafóricamente, huérfanas–. El novelista Frédéric Beigbeder las presenta como reinas del Stork Club, donde Oona fue nombrada “debutante del año” y donde también conoció al aspirante a escritor Salinger. El libro que les dedica se llama, como no podría ser de otra manera, Oona y Salinger. Los jóvenes se hicieron novios, y fueron el primer amor del otro, antes de que la relación se rompiese porque Salinger se tuvo que ir a la segunda guerra mundial y ella se “tuvo” que ir a Hollywood. También fue la primera ocasión en la que ambos tendrían parejas de su edad: según Beigbeder, Oona se enamoró de Chaplin para sustituir de un modo muy freudiano a su padre ausente. Eugene O’Neill se había divorciado de la madre de Oona cuando ella tenía tres años, y durante su infancia, la joven solo le vio tres veces. Se pasó la vida buscando la atención de aquel padre famoso, respetado y considerado un genio, que siempre la ignoró, por eso cuando un hombre famoso, respetado y considerado un genio le hizo caso, ella se quedó con él para siempre.

La vida de reclusión de Salinger tras el éxito estratosférico y generacional de El guardián entre el centeno es bien conocida. No tan popular por incómodas razones es su afición por las mujeres jóvenes. Cuando tenía 50 años repitió un romance con la misma diferencia de edad que tenían Chaplin y Oona, en su caso con la adolescente Joyce Maynard. Noelia Ramírez contó en S Moda cómo él la contactó por carta para felicitarle por un texto revelación en el que hablaba de cómo era ser una adolescente en los 70; cómo ella enamorada, acabó abandonando la universidad para mudarse con él a su cabaña a vivir una vida ascética; cómo perdió la virginidad con él y descubrió que sufría vaginismo; cómo llevan una vida de ermitaños y al final él la abandona de forma repentina. Maynard sí conseguiría ser una escritora –una de sus novelas, To die for, acabaría llevándose al cine como Todo por un sueño–, pero no contaría su traumática experiencia junto a Salinger hasta publicar el libro Mi verdad en los 90. Su motivación para hacerlo sería comprobar que el escritor había hecho lo mismo en muchas otras ocasiones. En un texto de Infobae se recogen las palabras de Maynard: “J.D. Salinger es un hombre que ha actuado con violencia en la vida de una serie de chicas muy jóvenes, y mi obligación era contarlo. Durante muchos años pensé que yo había sido el amor de su vida, pero luego supe que había otras chicas con las que se había carteado en los mismos términos que conmigo, hoy en día ya van más de veinte, y desde que salió el libro han seguido apareciendo nuevas chicas, siempre adolescentes, casi niñas. Durante años pensé que debía mantener el secreto, como un favor, no para protegerme yo, sino para protegerlo a él. Sin embargo, cuando mi hija Audrey cumplió los 18 años, la edad en que yo conocí a Salinger, empecé a pensar en ello y de pronto me di cuenta de que lo que yo había vivido era una experiencia de violación y abuso, y pensé que la víctima de semejante experiencia no tenía por qué mantener el secreto”.

Décadas atrás, ese tipo de romances se veían con otros ojos. El matrimonio entre dos personas con tanta diferencia de edad estaba a la orden del día, y había muchos que lo consideraban incluso una unión deseable. De hecho, las amigas íntimas de Oona hicieron algo similar al mismo tiempo que ella: Carol se casó con el escritor William Saroyan, que le llevaba 16 años, antes de cumplir los 20 (después mantendría un largo matrimonio con el actor Walter Matthau), y Gloria se casó a los 17 años con el productor Pat DeCicco, que le llevaba 15 años (después e casaría tres veces más, una de ellas con el director Sidney Lumet). Las tres mantendrían relación durante toda su vida, aunque fuese epistolar, y el hijo de Carol escribiría un libro dedicado a su amistad, Trio.

De hecho, Carol definiría la relación de su amiga como “una gran, gran historia de amor, no solo por la intensidad sino por la intensidad duradera”. Charles Jr evoca: “. “Desde el primero momento, mi padre fue impresionado por un cierto toque de magia que Oona poseía. Siempre era ella misma: natural, tranquila, siempre a punto para divertirse pero nunca ostentosa, y tenía un algo etéreo como de duendecillo que nos atraía muchísimo”. Charles Jr. y Syd estaban muy interesados en ella y competían por ver quién conseguiría salir con ella primero, pero pronto quedó claro que no tenían posibilidades. Syd le aseguró a su hermano: “Oona solo tiene ojos para papá. Vale más que le dejemos el campo libre”. “Siempre que Oona estaba cerca de papá le miraba extasiada. Se quedaba muy quieta sentada a su lado, bebiendo sus palabras. Papá posee un don especial para las mujeres, pero en el caso de Oona era diferente. Ella le adoraba, iba haciendo suyo todo lo que decía. Casi nunca hablaba, pero de vez en cuando hacía una de esas observaciones tan penetrantes que llenaban a papá de admiración ante su agudeza”.

Chaplin es más escueto en describir sus inicios: “A medida que iba conociendo a Oona no dejaba de sorprenderme por su sentido del humor y su tolerancia; siempre tenía en cuenta la opinión ajena. Esta y otras muchas razones fueron la causa de que me enamorara de ella. Oona acababa de cumplir 18 años, si bien confiaba en que no estaría sujeta a los caprichos de esa edad. Oona era la excepción a la regla, aunque al principio me dio miedo nuestra diferencia de edad. Pero ella estaba resuelta, como si acabara de descubrir una verdad. De modo que decidimos casarnos después de terminar el rodaje de Sombra y sustancia”. En realidad, Sombra y sustancia no llegó a rodarse nunca, y puede que uno de los motivos para celebrar con premura la ceremonia fuese que Chaplin estaba en medio del escándalo de Joan Barry… y el país, después de todo, estaba ya en plena segunda guerra mundial, con lo que el ambiente tenía algo de apocalíptico.

La pareja esperó a que Oona cumpliese 18 años. Vivían de incógnito en casa de unos amigos, Eugene Frenke y Ann Sten, unos amigos, que compartían con ella las exiguas provisiones que les estaban asignadas. Cuando se resolvió la fecha de la boda, Oona se despidió de ellos con un: “Muchas gracias por todo. Tan pronto como nos casemos os devolveré todos los cupones de racionamiento”. No llegó a hacerlo nunca porque se olvidó del tema en cuanto se casó.

El 16 de junio de 1943 Oona y Chaplin se casaron, intentando que fuese a escondidas. Acudieron a Santa Bárbara a sacar la licencia matrimonial, donde le pidieron a ella el certificado de nacimiento porque no aparentaba la mayoría de edad. Después, y ya con la prensa, avisada, pisándoles los talones, se desplazaron al pueblo de Carpintería, donde se celebró la ceremonia ante escasos testigos. Oona contaba con el consentimiento de su madre, pero cuando Eugente O’Neill supo de la boda, escribió muy indignado a su hija, reprochándole su decisión. El único momento anterior en el que había mostrado interés por su vida había sido cuando fue nombrada debutante del año e hizo algunos anuncios publicitarios; le había escrito acusándole de ser una frívola que buscaba aprovecharse de su fama. Después de esto, no volvió a verla jamás. Chaplin escribe que tras la boda, se instalaron durante dos meses en Santa Bárbara, “dos meses de una emoción novelesca, motivada por la felicidad, la ansiedad y la desesperación”.

Geraldine Chaplin, flanqueada por su padre Charles y su hermana Josephine. © Cordon Press

Estos dos últimos sentimientos se debían al asunto Joan Barry, que recordemos que aseguraba estar embarazada de él. Chaplin decidió someterse a una prueba de paternidad –pese a que en su época no eran infalibles y se basaban en el tipo sanguíneo, eran por descarte– que concluyó que él no era el padre de la criatura de la joven. Oona, embarazada a su vez de cuatro meses, se desmayó al oír el veredicto por la radio. Pero aun así, Joan presentó una demanda que prosperó en los juzgados, con lo que, de nuevo, la vida personal del astro sería expuesta y diseccionada. En esta ocasión, una niña Carol Ann, nacida en octubre del 43, sería el centro del furor mediático. La vida tanto de Chaplin como de Joan, sobre todo en lo referente a la moralidad de ella, se dirimió durante varias jornadas. Se hizo público que ella había mantenido un romance con el millonario Paul Getty, y el FBI, que seguía a Charlie de cerca por sus supuestas simpatías comunistas, obtuvo información de que la joven se había sometido a dos abortos mientras mantenía una relación con Chaplin. Se supo que Joan había sido detenida por vagancia, al encontrarla por Hollywood boulevard vestida solo con un albornoz de hombre y zapatillas de estar en casa. El resultado final, que el implicado omite en sus memorias, es que fue obligado a pasar una pensión a la niña hasta que cumpliese 21 años. Años después a Joan Barry se le diagnosticaría esquizofrenia, y tuvo que ser ingresada en una institución mental. El destino de la niña no está claro; se rumorea que cambió de nombre al alcanzar la mayoría de edad y se le perdió la pista.

Mientras, Chaplin tenía la suerte de vivir una existencia armónica y plena junto a su esposa. “De repente la casa se convirtió de nuevo en un verdadero hogar porque se albergaba en ella a una mujer. Desde el principio de todo Oona tuvo un don mágico en todo lo que concernía a papa. Quienes le conocían bien decían que mi padre era feliz por primera vez después de muchos años”, escribe su hijo. A esto ayudaba que Oona hubiese abandonado su deseo de tener una carrera profesional, ya que como él relata, “poco después de casarnos, Oona me había confesado que no quería ser actriz, ni de cine ni de teatro, lo que me gustó, pues por fin tenía una esposa y no una actriz ambiciosa. He pensado con frecuencia que el cine perdió una excelente actriz, pues Oona tiene un gran sentido del humor”. Ella parecía plenamente feliz con su papel de madre y esposa; tras haber vivido una infancia con un padre ausente con una personalidad tan marcada y fuerte como la de Eugene O’Neill, acabaría considerando que su relación dio sentido a su existencia. Sus dos hermanos, Eugene y Shane, terminaron suicidándose, incapaces de superar la sombra de ese padre depresivo con una visión tenebrosa del mundo que les había ignorado. Puede que ella sintiese que gracias a Chaplin se había librado de ese destino en forma de maldición familiar.

Charles y Oona Chaplin en París en 1973. © Cordon Press

Pronto tuvieron cuatro hijos con los que vivían una existencia feliz en Beverly Hills. Su hijo aseguraría que en uno de sus pocos encuentros con Lita, Chaplin le aseguró: “Me gustaría que supieras que solo he amado de veras a dos mujeres: a ti y a la muchacha con la que estoy casado ahora”. Lita opinaba de forma ligeramente distinta: “Creo que el auténtico gran amor de Charlie fue el personaje que él creó”. Sin ese personaje, el vagabundo, Charlot, la carrera de Chaplin en el sonoro no fue capaz de igualar la que tuvo en el cine mudo; cuando se estrenó Monsieur Verdoux, en la que tuvo ya problemas con la censura, se la boicoteó por considerarle a él un izquierdista que no colaboraba con el comité de actividades antiamericanas. Todo esto llegó al paroxismo en 1952. Las versiones son contradictorias: la oficial es que aprovechando que la familia Chaplin viajaba a Europa para el estreno de Candilejas, el gobierno decidió no renovarle la visa (era inglés) por antipatriota. En sus memorias, él dice que en realidad huyeron aposta, de forma furtiva, para evitar que le entregasen una citación para declarar. “Estaba harto de los insultos de Estados Unidos y de su moral farisea”. En un viaje posterior a Los Ángeles, Oona desviaría todo el dinero que pudo a Europa, incluyendo forrar su abrigo de visión con billetes en la mejor tradición de los evasores fiscales. Los Chaplin iniciaron una nueva vida en Suiza, y el cine quedó convertido en algo, salvo un par de películas más, en algo del pasado.

A los cuatro hijos con los que llegaron a Suiza, a Manoir de Ban, en Vevey, se sumaron cuatro más, el último nacido cuando Chaplin tenía 73 años: Geraldine, Michael, Josephine, Victoria, Eugene, Jane, Annette y Christopher. En un artículo de People sobre la pareja se especifica que en la práctica, los niños fueron criados por enfermeras y por el secretario de Charlie. “Era un hombre difícil”, dice sobre su padre Michael. “Pero siempre fueron sólidos en su relación. Eso te da mucho en la vida posterior”. Por su parte, otra de las hijas, Jane, asegura que se molestó al darse cuenta de que su madre hacía de su padre su primera prioridad. “A veces sentía que me entrometía en su intimidad, pero ahora comprendo un amor como ese. Es una vez en la vida. Siempre estaban cogidos de la mano, incluso cuando él era un anciano. Se mantuvieron unidos por arte de magia”. Su hijo Charles Junior está de acuerdo, igual que todo el mundo, en considerar a Oona una presencia benéfica que salvó a su padre de convertirse en un viejo amargado (eso que, según sus hijos menores, era pese a todo en ocasiones): “En general se ha vuelto más dúctil y filosófico con los años, y creo que buena parte de ello se debe a la influencia de Oona, la dulce, bella y adorable Oona y sus encantadores niños”. De hecho, termina el libro dedicado a su padre con la frase “Me alegro de que por fin encontrase a Oona”.

Entre aparentes paz y armonía, los años fueron pasando hasta el fallecimiento de Chaplin, en el 77. Oona, destrozada por su ausencia, pasó cada vez menos tiempo en su mansión de Vevey, distribuyéndose entre la vieja Europa y un dúplex en Nueva York. Su biógrafa Jane Scovell asegura que Oona, en la cincuentena, invirtió las tornas siendo esta vez la madura que se liaba con un joven al menos en dos ocasiones: una con el rompecorazones Ryan O’Neal, otro con la estrella no menos casanovesca David Bowie. Algunos aseguran que estas relaciones tuvieron lugar cuando Chaplin aún vivía, pero son rumores sin confirmar. Lo que sí es cierto es que al menos a Bowie le conocía también antes de ser viuda. Una de sus nietas rememoraba en Vanity Fair su figura: “Mi abuela era una auténtica señora. A partir de los 13 años podíamos comer en la mesa con ella pero tenías que ser extremadamente educado. Siempre había invitados prestigiosos. Recuerdo especialmente a David Bowie, que venía a menudo a cenar a casa. Vivía muy cerca de Manoir de Ban y se había hecho muy amigo de mi abuelo”.

El nombre de Oona se perpetúa en su nieta la también actriz Oona Chaplin, hija de Geraldine, que se estableció en España enamorada de Manolo Velasco, hermano de Concha, al que luego dejaría para empezar una larga y tormentosa relación con Carlos Saura en 1966. La “primera” Oona murió en 1991, con solo 66 años, sin haber olvidado a su gran amor. La mansión de Manoir de Ban es hoy un museo visitable al que los hijos de los Chaplin han acudido alguna vez, redescubriendo su antiguo hogar con otros ojos. Es, en cierta manera, un monumento a la que pese a todo fue una de las historias de amor más sólidas del siglo XX. “Toda mi vida he estado esperándola sin que llegar a darme cuenta hasta que la conocí”, aseguraba fervoroso Charlie sobre Oona, que decía a su vez: “Charlie me ha hecho madurar, y yo le mantengo joven”.

Esta nota fue publicada originalmente en Vanity Fair

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