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1657: Robert Blake ataca Santa Cruz de Tenerife

En 1657 España e Inglaterra estaban en plena guerra. La república inglesa liderada por Oliver Cromwell se enfrentaba a la España de Felipe IV por el control del comercio con las Indias. Las flotas españolas cruzaban el atlántico siempre observadas por los británicos y a la mínima ocasión eran atacadas para robarles de los barcos las ingentes riquezas que España obtenía en América. Los convoyes españoles partían de numerosos puertos americanos formando agrupaciones que les permitían la defensa en caso de ataque. El destino era el puerto de Cádiz, pero en las inmediaciones de su bahía aguardaban piratas y todo tipo de oportunistas a la caza de los tesoros españoles.

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Felipe IV
Felipe IV

En agosto de 1656 partió desde Veracruz, México, con escala en la Habana, una flota de 16 barcos, entre los cuales se contaban nueve mercantes y dos galeones de escolta, al mando de Diego de Egüés y de su segundo José Centeno Ordóñez. La flota llevaba en sus bodegas una enorme cantidad de plata americana estimada en 10 millones de pesos.

El 12 de diciembre llegó un aviso a Santa Cruz de Tenerife comunicando que la armada inglesa estaba a las afueras de Cádiz. Y, el 28 del mismo mes, entró en el puerto de Santa Cruz, cargada de plata, una nave llamada Madama del Brasil bajo el mando del capitán Alonso Ruiz de Mármol. Venían también 50 soldados del presidio de Puerto Rico, que poco después armaron una pendencia con los paisanos falleciendo alguno de ellos en las trifulcas.

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Oliver Cromwell
Oliver Cromwell

La escuadra de Diego de Egüés alcanzó las costas de la isla de La Palma el 18 de febrero de 1657 para, posteriormente, hacer escala en Santa Cruz de Tenerife. Tras proveerse el 26 de ese mes partió con rumbo hacia la península, pero, a la altura de Gran Canaria, fue alcanzado por un mensajero del gobernador de Canarias Alonso Dávila y Guzmán advirtiéndole de la presencia de la flota inglesa en las costas de Andalucía. Esta, según advirtieron, tenía la misión de cortar las comunicaciones de la Carrera de Indias robando los tesoros que éstas traían a Europa. Este aviso y la rotura de un mástil de la nao capitana convencieron a Egües para volver al abrigo del puerto de Santa Cruz. Las instrucciones dadas por el rey Felipe IV era permanecer allí hasta nueva orden.

Diego de Egüés tenía la certeza de que el ataque era inminente y tomó la decisión de desembarcar todas las mercancías de valor a tierra para ponerlas a resguardo de los atacantes. Solo quedaron en los barcos los alimentos de la tripulación así como cargamentos de azúcar y cientos de barriles de especies. La alarma cundió en Santa Cruz y en toda la isla, pues un ataque inglés a la flota podía terminar siendo un ataque a toda la isla. El 14 de marzo se comenzó a descargar los tesoros. El trabajo era descomunal pues las bodegas estaban llenas de plata y se requerían de muchos brazos para descargarla. Luego había que llevarla cuesta arriba hasta la ciudad de La Laguna. La población de Santa Cruz era escasa y no aportaba suficientes almas para hacer el trabajo por lo que se solicitó la ayuda a otras poblaciones cercanas. Aún así el trabajo de descarga y traslado se iba a demorar al menos un mes.

El tiempo apremiaba y Egüés así como el gobernador de Canarias Alonso Dávila y Guzmán tomaron la decisión de reforzar la artillería de defensa de la plaza con todos los cañones disponibles. Juntando todo tipo de pieza se llegaron a disponer de 99 cañones, unos de bronce y otros de hierro. Incluso se desembarcaron las piezas de los barcos que eran más útiles si se empleaban desde los castillos de la costa. Entre ellas se encontraba una que pasó a la historia, el cañón Hércules, una pieza de bronce que cargaba balas de 36 libras.

El miedo y la tensión se palpaban, la certeza de la llegada de la flota británica era absoluta. El trajín de la ciudad no decaía y la militarización de la plaza era total. El puerto en forma de semicírculo, estaba protegido por el castillo de San Cristóbal y por una serie de reductos armados con artillería y mosquetería y unidos entre sí por una muralla paralela a la costa (el castillo de San Juan, más al sur, quedaba fuera de tiro; el de Paso Alto era sólo un fortín en esta fecha). Las naves estaban amarradas borda con borda, lo más cerca posible de tierra; además de la flota de Egüés se encontraban en el puerto otras naves más hasta el número de 16. Alonso Dávila era el capitán general de las islas, que en previsión de posibles ataques había dispuesto una fuerza numerosa: Tenerife contaba para su defensa con 10.000 hombres, 1.000 arcabuces, 300 mosquetes y 150 quintales de pólvora.

El 25 de abril amaneció con la noticia de la muerte de Pedro de Ursúa, marqués de Gerena y general de los galeones de escolta. Era además cuñado de Diego Egüés. Se hicieron veinticuatro horas de honores fúnebres como se acostumbraba en la marina española. Un funesto presagio del desastre que cuatro días más tarde habían de experimentar.

La flota se avistó en el horizonte en la mañana del lunes 30 de abril. La cantidad de barcos avistados hizo que cundiera el pánico. ¡Aquello no era una flotilla, era una armada!. La flota la lideraba el almirante Robert Blake [1599-1657] con su nave el George (54 cañones), el Speaker (64 cañones) bajo el mando del capitán Richard Stayner, les acompañaban numerosos barcos hasta un total de 32.

En el puerto habían 16 navíos al ancla, once de los cuales pertenecían a la flota de Nueva España: dos galeones de guerra, el Jesús María que servía de capitana a Diego de Egues, y el segundo galeón La Concepción cuyo almirante era José Centeno. Los mercantes eran 9, navíos habituales en el comercio de Indias, además de otros cinco menores. Todos estaban concentrados entre el castillo de San Cristóbal frente a la actual plaza España de la capital de la Isla; los más pequeños pegados a la costa y los mayores al ancla en primera fila, para mayor protección. La artillería de los fuertes y la mosquetería de las murallas no dejaron de disparar a pesar de las dificultades que tenían debido a la barrera que formaban los 16 barcos anclados.

El combate duró algo más de diez horas. En ese tiempo se mantuvo un fuego cruzado entre los cañones de los barcos británicos y los situados en los castillos. En el castillo de Paso Alto, en el flanco norte, estaba situado el cañón Hércules que causó serios estragos a la flota inglesa. De hecho los cañones ingleses se ensañaron con ese fortín con la intención de dejarlo fuera de servicio, asunto que no consiguieron pese a que dispararon algo más de 1.200 balas y 200 palanquetas.

Los Ingleses intentar abordar con lanchas a los mercantes y apoderarse de ellos. Mientras, los dos galeones de guerra de Egüés son acribillados durante más de cuatro horas por el fuego Ingles. La insistencia inglesa en capturar los barcos pensando que en ellos se almacenaba el tesoro les ocasionó cuantiosas bajas.

Manuel de Ossuna:

"trataron los ingleses con gran insistencia de apoderarse de él [se refiere al navío San Juan Colorado], y no obstante morir muchos de los que venían en las lanchas con ese intento, por los disparos de la gente de D. Cristóbal Lordelo, que en aquellas inmediaciones valerosamente defendía la referida embarcación, los tripulantes de una lancha persistieron en entrar en dicho navío; más la compañía de Lordelo, a pesar de la lluvia menuda de balas que recibía del enemigo, logró matar a todos los ingleses que venían en ella, arrojándose algunos de los nuestros al agua para sacar a tierra la dicha lancha inglesa, como así ocurrió, defendiéndola a nado de otros ingleses que pretendían recobrarla".

Imposibilitado de seguir defendiéndose y en total inferioridad, Egüés ordena abandonarlos y para no darlos como trofeo al enemigo da orden de volarlos, causando la explosión muchas bajas a los atacantes. El resultado fue un fuego voraz que consumió a los buques mercantes ya bastante dañados por el fuego ingles. Fueron pasto de las llamas el Santo Cristo, el Santo Sacramento, el San Juan Colorado, el Virgen de la Soledad, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Egüés tenía como orden principal dada por el propio Felipe IV el defender a toda costa el tesoro de Nueva España aun a costa de perder sus barcos. Y así fue el tesoro quedó a salvo pero la flota de española quedó completamente destruida. Las bajas españolas ascendieron a 5 soldados de las milicias. Los ingleses perdieron algo más de 400 hombres si bien las cifras son imprecisas según el bando.

Tras diez horas de combate, a las 6 de la tarde, cuando anochecía, la escuadra inglesa abandonó el puerto precipitadamente aprovechando la oscuridad, sacando desarbolado a remolque el navío llamado El Gobierno, junto a otros buques bastante maltratados.

Cromwell felicitó a Blake y el parlamento inglés acordó concederle una joya por valor de 500 libras. Stayner fue nombrado sir, al capitán John Story que llevó la noticia a Londres se le gratificó con otras 100 libras y se dispuso la celebración de un día de acción de gracias. Blake no llegó a ser recibido en Londres, pues poco antes de su regreso murió, afectado de escorbuto.

El tesoro se guardó en La Laguna durante meses en parte debido a la inseguridad marítima y a la ausencia de barcos en los que transportarlo a la península. El 28 de marzo de 1658 Egüés y Centeno consiguieron arribar con él a El Puerto de Santa María en Cádiz en dos embarcaciones de cabotaje que pasaron completamente desapercibidas.

TEXTO EXTRAÍDO DEL SITIO https://cologanvalois.blogspot.com/2011/08/1657-robert-blake-ataca-santa-cruz.html?m=1

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